La muerte no es nada

Sirva para afrontar la dureza del presente, la soledad del vacio y la desolación de la nostalgia.

Escucha, relájate y siente.

A principios del Siglo XX un sacerdote inglés, Henry Scott, escribió un poema en el que trataba de explicar cómo afrontar la muerte.Hoy, con emoción y dolor debido a las circunstancias, comparto este poema con vosotros, compañeros del blog.Aunque la velocidad de la razón tiene un ritmo diferente a la velocidad del corazón, este poema ayuda a depositar la confianza en Aquel que nos dio la posibilidad de disfrutar de su vida. Gracias.

La muerte no es nada.
No he hecho más que pasar al otro lado.
Yo sigo siendo yo. Vosotros seguís siendo vosotros.
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
Dadme el nombre que siempre me dísteis
Habladme como siempre me hablásteis
No empleeis un tono distinto.
No adoptéis una expresión solemne ni triste.
Seguid riendo con lo que nos hacía reir juntos.
Rezad, sonreid, pensad en mí y rezad conmigo.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue.
Sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra.

La vida es lo que siempre fue, el hilo no se ha cortado.
¿Por qué habría de estar yo fuera de vuestros pensamientos?
¿Sólo porque estoy fuera de vuestra vista?
No estoy lejos, sólo a la vuelta del camino…
Lo veis, todo está bien…
Volveréis a encontrar mi corazón,
Volveréis a encontrar ternura acendrada.
Volveréis a encontrar lágrimas y no lloréis si me amáis.

No lloréis si me amáis,
Si conociérais el don de Dios y lo que es el cielo,
Si pudiérais oir el cántico de los ángeles
Y verme en medio de ellos,
Si pudiérais ver desarrollarse ante vuestros ojos,
Los horizontes, los campos y los nuevos senderos que atravieso,
Si por un instante pudiérais contemplar como yo,
La belleza ante la cual las bellezas palidecen.
Vosotros me habéis visto,
Me habéis amado en el país de las sombras
¿No os resignáis a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Creedme.
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
Como ha roto las que a mí me encadenaban,
Cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
Y vuestras almas vengan a este cielo en que os ha precedido la mía,
Ese día volveréis a verme,
Sentiréis que os sigo amando, que os amé,
Y encontraréis mi corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volveréis a verme en transfiguración, en éxtasis feliz,
Ya no esperando la muerte, sino avanzando conmigo,
Os llevaré de la mano por senderos nuevos de luz y de vida,
Bebiendo con embriaguez a los pies de Dios,
Un néctar del cual nadie se saciará jamás.
Enjugad vuestro llanto y no lloréis si me amáis.

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