Negociar

Sirva para encontrar un punto de acuerdo.

Siempre estamos negociando. Negociamos para conseguir algo, para deshacernos de algo, negociamos porque lo buscamos o negociamos, también, cuando nos vemos envuelto en un cruce de variables que requiere la mejor y más rápida salida. Negociamos a sabiendas y negociamos también de manera inconsciente. Negociamos con los demás pero sobretodo, negociamos con nosotros mismos.

La vida común nos obliga a buscar acuerdos. No podemos construir nuestro mundo al margen de los demás. La convivencia es un gran regalo que nos ha traído la evolución, pero también supone –y a veces exige- que nuestras intenciones  queden relegadas en el tiempo por otra necesidad mayor que no parte de nosotros, sino de aquellos que conforman nuestra realidad.

Conseguir todas nuestras apetencias en cualquier momento es una entelequia que ni el mismísimo Platón, rey de las ideas, hubiera firmado. La razón sabe que no tiene todas las acciones de las empresas que pretende, pero la voluntad trata de disuadir los argumentos en pro de unos afectos irracionales que sueñan con futuribles imposibles, ridículos o, tan sólo, poco probables. Con-vivir exige pactar, negociar, llegar a acuerdos para poder buscar, en conjunto, el bien común.

Las peores negociaciones no son las comerciales, las familiares, ni tan sólo las de pareja. Las peores negociaciones son con uno mismo. Tenemos la costumbre de querer aquello que no tenemos y eso, a veces, nos hace daño. La fuerza de voluntad nos educa para domar unas ilusiones que, en ocasiones, son peligrosas. Pero aún así, nos gusta auto-convencernos de que todo es posible. Buscamos argumentos de donde sea; ‘Otros lo han hecho y yo también puedo’, ‘Me haría muy feliz y yo quiero disfrutar de esa felicidad’, ‘¿Por qué tengo que resignarme a lo establecido? Yo marco mi destino’, y un largo etcétera que acaba por enamorar la voluntad y hechizar a la razón. Pero también tenemos el magnífico don de convencernos de lo contrario por lo que la balanza de decisión se suele quedar sin argumentos fuertes a la hora de tomar decisiones. Es entonces cuando tratamos de llegar a un pacto con nosotros mismos. Normalmente, nos comprometemos con un futuro que no existe y sin testigos. Lo hacemos lo más fácil posible para que no cause daño en nuestra conciencia.

Entonces, ¿Qué hacemos?, ¿Con quién negociamos?, ¿Cómo lo hacemos?.¿Dónde está la clave?.

Para conseguir el éxito en una negociación hay que buscar la necesidad. Esa es la clave. Quizá sea una necesidad psicológica, quizá física, quizá mediática, pero siempre hay una necesidad en uno mismo o en el otro que sirve de punto de inflexión para empezar el camino del acuerdo.

Negociar con otros nos abre un mundo de posibilidades, pero negociar con nosotros mismo nos permite conocernos mejor. Saca nuestro lado más fuerte, miedoso, fantástico, infantil, más honesto, ruin, elegante, nuestro lado más conciliador,…¿Cuáles son nuestras necesidades?, ¿Por qué hemos entrado en un proceso de negociación con nosotros  mismos?, ¿Qué pretendemos conseguir?…

Quizá la necesidad no exista y haya que inventarla. Quizá la necesidad este oculta detrás de unos miedos que la esconden. Quizá la necesidad sea simplemente saber que cuando la vida te sorprende con un gran regalo no tienes que combatirlo con argumentos, sino simplemente, dejarte llevar y confiar en que las cosas, al final, saldrán bien.

No tengas miedo a negociar.No tengas miedo a vivir.

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