El Desierto

Sirva para apreciar el valor del retiro.

Estamos en época de desiertos, de silencios, de soledades. Estamos en época de decisiones, de reflexiones, de iniciativas. Estamos en época de valentías, de superaciones, de libertades.

El tiempo teológico y también el social, nos conduce a la necesidad de buscar nuestro desierto personal, nuestro desierto propio y acoger con serenidad, con lucidez pero también con seriedad las opciones de libertad que se nos plantean. Pero, ¿Sabemos buscar el desierto?, ¿Sabemos vivir nuestra soledad?, ¿Sabemos con-vivir con el silencio?, ¿Estamos dispuestos a ganar y/o perder?

Una de las primeras situaciones que vivimos cuando estamos en el desierto, son las tentaciones. ‘No vas a ser capaz’, ‘Vuelve con lo de antes, más vale malo conocido que bueno por conocer’, ‘¿Esto de que te sirve?’, ‘¿Para qué vale todo este sacrificio?’….tentaciones que nos quieren derribar el trabajo bien hecho, nos quieren pinchar el globo de la constancia que vamos hinchando día a día. Las tentaciones son inversamente proporcionales a nuestra fuerza de voluntad. Pero es una prueba vitalmente necesaria.

El desierto rompe con el horizonte de control, de rutina, de seguridades. El desierto rompe con el confort de los muchos comodines que empleamos para satisfacer nuestros caprichos. El desierto es duro, largo y seco, pero filtra todo aquello que no es necesario, imprescindible. El desierto nos hace pensar, y como decía Ortega y Gasset, pensar es un acción, no es algo que nos pasa, sino que es algo que hacemos.

La oración es un buen remedio para atravesar nuestros desiertos. La conversación confiada, sincera y entregada con Aquel que nos trasciende es la luz que necesitamos cuando la oscuridad de la desolación arrastra nuestras decisiones. La oración de San Ignacio ‘Alma de Cristo’, resume esa petición fiel a un ser amado para que conforte un espíritu que no quiere huir de su camino, que quiere afrontar la Voluntad de Dios para su vida.

Cuando estemos viviendo los azotes de un duro ‘desierto’, no olvidemos tres grandes cosas; No estamos sólos, pues hay gente a nuestro alrededor que nos quiere y acompaña; Las situaciones pasan, el tiempo no espera y todo lo que empieza, acaba; y finalmente no olvidemos mirar nuestro corazón, nuestra esencia, para poder eliminar todos los estorbos que la rutina nos presenta en formas de ‘riqueza,poder y éxito’ y nos despistan de nuestra vocación.

Busquemos y vivamos con naturalidad nuestros desiertos, nuestros tiempos de purificación. Ellos guiarán el espíritu de un cuerpo que necesitamos saber escuchar.

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